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¡Hola a todos! Como os prometí, aquí tenéis el paso a paso de este proyecto que me tiene robado el corazón. Ya sabéis que en el mundo del DIY a veces los planes cambian y los "errores" se convierten en aciertos. ¡Vamos allá!
Antes de empezar a crear, hay que limpiar bien. Le di un buen baño al cubo con agua caliente y quitagrasas. Es fundamental eliminar cualquier resto de suciedad para que la pintura agarre perfectamente sobre el metal.
Aquí viene la confesión: normalmente aplicaría gesso, pero como a veces voy como pollo sin cabeza, ¡se me olvidó por completo! Pero no hay mal que por bien no venga: el propio pigmento verde actuó como gesso. Con dos manos de pintura, el acabado quedó genial y listo para el siguiente nivel.
Aquí entra la estrella del proyecto. He usado mi nuevo craquelador y estoy totalmente in love. Es muy grueso, así que con una sola mano basta porque estira de maravilla.
Truco de experta: Hay que dejarlo hasta que esté mordiente. Es decir, que cuando lo toques con el dedo, se quede pegado. ¡Ese es el punto exacto! Por cierto, lo tenemos a la venta en la tiendina a un precio increíble.
Con un pincel de esponja, fui dando toques de pintura blanca (la más parecida al fondo de mi servilleta).
Ojo: Cuanto más gruesa sea la capa de blanco, más grande será la grieta.
Regla de oro: ¡No paséis el pincel dos veces por el mismo sitio!
Ahora toca esperar la magia: que la pintura blanca se abra y deje ver el verde del fondo. Aquí en Asturias, como de lo que vamos sobrados es de humedad, lo mejor es dejarlo secar de un día para otro.
Mientras secaba, aproveché para recortar las servilletas de hiedra. Una vez seco el craquelado, las pegamos con cuidado buscando la composición que más nos guste.
Para terminar de darle ese aire especial:
Protección: Dos manos de barniz (¡el trabajo lo merece y tiene que durar!).
Efecto rústico: Una pátina color bronce para envejecer el conjunto.
El toque final: Recubrí las asas con cuerda para potenciar ese estilo campero que tanto nos gusta.
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